Los enemigos suyos decían que como en la misma calle vivía un médico que le había denunciado una vez por intruso a Joliveau, y a quien éste tenía odio, había puesto un anuncio en la tienda, que decía así:

"Herbolario: No confundirle con el charlatán de enfrente."

La anécdota era perfectamente falsa.

Joliveau experimentaba gran antipatía por los médicos y por los boticarios de la época, porque comenzaban a emplear principalmente remedios químicos y olvidaban los simples. El herbolario se jactaba de curar todas las enfermedades con la angélica, con la valeriana, con la pulsátila, con la genciana.

A veces recomendaba a algunas muchachas la sabina, la ruda o el cornezuelo de centeno; pero había estado a punto de ser procesado por una de estas recomendaciones y tenía desde entonces gran prudencia.

Joliveau hacía emplastos de todas clases, vendía cepillos de dientes y lavativas.

Joliveau, a pesar de ser muy roñoso y suspicaz, había acogido en su casa a un hombre llamado Doyambere, antiguo relojero tronado, viejo mixtificador, que afirmaba poseer magníficas minas en España y tesoros en el Banco, probablemente tan reales como las minas.

Alvarito encontraba Joliveau un aire de figura de cera. Le recordaba al Fualdés de la colección de Chipiteguy. Joliveau era un hombre muy suspicaz y muy avaro; en su casa no se encendía lumbre más que en la cocina, y poca. Para legitimarse durante el invierno, encontraba que en todas partes donde se encendía fuego había demasiado calor.

Joliveau guardaba todo lo que encontraba en su casa o en la calle, las llaves viejas que no abren ninguna puerta, las pelotas, los trozos de vela, las horquillas, etc.

Joliveau no creía más que en las malas intenciones de la gente, y aun así le engañaban siempre.