Por entonces le engañaba Doyambere, el hombre misterioso; el relojero tronado, que había hecho creer a todo el mundo que poseía minas y tesoros, y que, probablemente, no tenía un cuarto.

Doyambere había sido el bohemio de la relojería; durante muchos años había recorrido Francia, España e Italia a pie, arreglando relojes. Contaba cosas extraordinarias de sus viajes: brujerías, crímenes, misterios y horrores.

Doyambere era un viejo amable, muy fino, muy discreto, muy sensato, que tenía buenas palabras para todos, pero que no inspiraba confianza.

Joliveau alimentaba a Doyambere y le tenía en casa con la esperanza de heredarle.

A veces le indignaba el despilfarro del viejo relojero mixtificador, y una vez que Doyambere, al postre, sacaba la corteza al queso, sin duda muy gruesa, Joliveau dijo, tartamudeando más que de costumbre, sin poderse contener:

—Eso... tam... bién... me... cuesta... a... mí... el dinero. Es una... falta... de... consideración desperdiciar así... el queso.

Joliveau tenía una criada vieja; pero él mismo guisaba.

Una de las manifestaciones de la roña de Joliveau era odiar a los gatos, sin duda por lo que robaban.

—Es un animal... antipático—decía—, que no respeta la propiedad ajena.

Joliveau ponía cepos a los gatos y, cuando los cogía, los ahorcaba.