Había uno en su vecindad de una vieja solterona, negro y atrevido, que entraba en casa del herbolario por el patio. Al fin, Joliveau lo cogió, lo ahorcó y lo tuvo como trofeo un día colgado, delante de la ventana, para que lo viera la vecina.

Joliveau cortejaba a la señorita Recur, sin comprender que aquella señorita estaba enamorada de Marcelo, el sobrino de Chipiteguy. Ella sentía un verdadero horror por el herbolario.

Joliveau, hombre de cabeza extraña y confusa, no decía las cosas como todo el mundo; era un incoherente, a quien a veces no se le entendía. Hacía alusiones a cosas lejanas, y muchos decían que, al oírle, se preguntaban, vacilando: ¿Si será un hombre de gran talento? ¿Si será un imbécil? La mayoría se decidía por creerle imbécil.

Se podía encontrar en él una mezcla rara de cualidades: suficiencia, fanfarronería e impertinencia, unida a cierta fidelidad por algunas personas. Quizá ninguno de sus sentimientos llegaba a la nota aguda; pero también se podía asegurar que había poco estimable en el abigarramiento de su alma.

Joliveau, desde el principio de la desaparición de Chipiteguy, había acusado a Frechón. Joliveau tenía resquemores con éste. Había querido hacer un negocio un tanto usurario con él y Frechón le había engañado.

—A ese... cochino... de Frechón—decía—le voy a enviar yo... a gozar... de la hospitalidad... económica... gubernamental... Allí le alimentarán con... berzas, con agua y con... otros ingredientes parecidos.

La hospitalidad económica gubernamental era para Joliveau la cárcel.

Una vez le dijo alguien:

—Ese Frechón vendería su alma al diablo.

—Saldría... ganando—contestó Joliveau con presteza—; vendería una porquería... por unas buenas... monedas.