Le gustaba también al herbolario tartamudo desfigurar los nombres de las personas que le eran antipáticas o que le habían engañado.
Así le llamaba a Frechón Frechoneau, Frechonato o Frechonazo.
A la campaña que hacía contra él contestaba Frechón con mayor acritud.
Según Frechón, todas las hierbas que vendía Joliveau eran venenosas y mortales de necesidad.
No se sabía lo que hacía el herbolario con ellas, si es que se orinaba, o escupía, o algo peor; pero su efecto era terrible. Tomar el malvavisco, la manzanilla o las flores cordiales de casa de Joliveau y empezar a sentir náuseas, vómitos y ponerse a la muerte, era inmediato. Frechón hacía juegos de palabras con el apellido de Joliveau (Bello Becerro) y preguntaba a los conocidos:
—¿Qué hace el Bello Becerro? ¿Lo llevan al matadero o está hidrópico por las malas hierbas que come en su casa? ¿Le ha visto ya el veterinario?
Frechón aseguraba que Joliveau estaba loco, que una meningitis padecida en la infancia le había trastornado. Decía también que de niño un cerdo le había castrado. Por eso, según Frechón, Joliveau era imberbe y tenía tipo de cantor de la Capilla Sixtina. Por eso tenía también aficiones a guisar y a fregar los platos.
Estas murmuraciones malévolas llegaban a Joliveau, que tan pronto se indignaba como se quedaba tan tranquilo.
—Aquí, en Bayona... ya se sabe...—decía, frotándose sus grandes manos—. El periódico... de cinco céntimos... sin papel... circula mucho por la ciudad.
Esta frase quería decir, en el lenguaje confuso del herbolario, que había mucha chismografía en el pueblo.