Con esta manera de hablar, hiperbólica y figurada, siempre haciendo alusiones a cosas desconocidas, no se le entendía. Con frecuencia Pascual Joliveau proyectaba casarse; pero no tenía éxito.

—No sé... si casarme... o comprar una... partida de hierbas.

Al último, siempre tenía que comprar las hierbas. Frechón decía en todas partes que Joliveau quería casarse porque tenía gran afición a ser cornudo.

Joliveau se acercaba a veces al grupo de las muchachas en la tertulia de Lissagaray, pero no le hacían caso; Manón le trataba con un profundo desprecio, Rosa le oía distraída, Morguy se reía descaradamente de él.

El Bello Becerro no encontraba su ternera ideal—hubiera dicho Frechón—; únicamente Alvarito escuchaba al herbolario; éste solía decirle:

—Créame usted... Si quiere encontrar... al viejo, dele usted... la zancadilla... a Frechonazo.

Otro de los consultados varias veces fué el padre Aranalde, un cura amigo de Madama Lissagaray. Aranalde era un viejo de cara sonrosada, pelo blanco, mirada a veces viva, pero siempre velada por el párpado caído; los labios burlones y la nariz larga, con frecuencia llena de rapé.

Aranalde tomaba posturas académicas, y lo hacía tan afectadamente y tan bien que, más que cura, parecía un cómico que hiciera de una manera maravillosa el papel de eclesiástico.

Aranalde no afirmaba ni negaba nada; todo podía ser, y las varias versiones que se daban de la desaparición de Chipiteguy le parecían muy posibles.

Otro de los oráculos de la tertulia de madama Lissagaray era el señor Silhouette, comerciante retirado de las pompas fúnebres y vecino de Chipiteguy.