Silhouette, viejo con peluca y cara rasurada, tenía una expresión de frialdad, de indiferencia, de esfinge. Sin duda se la había dado su oficio.
Durante toda su vida no había hecho más que ir a las casas donde ocurría una muerte, de día o de noche, y mostrar atenta y fríamente sus catálogos y etiquetas, sus precios de entierro de primera o de segunda, siempre con una severidad y una indiferencia helada.
Decían que el Sr. Silhouette había sido engañado por la mujer. El señor Silhouette llevó a su mujer a una casita de campo del camino de Bayona y la encerró allí hasta que murió, y tuvo el gusto de ver en sus catálogos qué clase de ataúd y de pompas fúnebres necesitaba su cara esposa para hacer el gran viaje a las profundidades de la madre tierra.
El señor Silhouette andaba siempre enlevitado, la boca apretada, con los labios pálidos y delgados, mejillas hundidas, ojos fijos y duros, la corbata que le agarrotaba el cuello, la frente ancha y la mirada fría. Silhouette era, indudablemente, funerario, feretral, panteónico.
En todo se manifestaba metódico y meticuloso, muy partidario de la etiqueta, y no transigía con ningún olvido de ella.
Se decía que el señor Silhouette era el padre de Joliveau; pero no se parecía nada a él y debía ser una broma de la gente mal intencionada.
El señor Silhouette era legitimista, pero no quería confesarlo. Alvarito le encontraba muy parecido al Fouché de las figuras de cera; un Fouché más viejo y menos emperifollado.
El señor Silhouette no dió su opinión acerca de la desaparición de Chipiteguy; se contentó con oír todos los detalles y nada más.
Había otros viejos señores en la tertulia; el señor Castera, que había sido procurador, que andaba del brazo de su mujer, arrastrando los pies, y que jugaba su partida de cartas. El señor Castera tenía las piernas torcidas, la cara arrugada y pálida, la cabeza sin pelo en las sienes y la frente deprimida. Había en él algo de reptil. Vestía a la antigua. El señor Castera tomaba rapé, gastaba una hermosa peluca y tenía una voz de falsete desagradable.
Pero no se podía considerar como lo más desagradable de su personalidad su voz.