El viejo Castera era un hombre muy cortés, lo que no le impedía decir a cada persona lo más desagradable, lo más que le podía molestar o herir, con exquisita finura. Al mismo tiempo que decía algo venenoso, ofrecía a la víctima su tabaquera con la tapa esmaltada, sonriendo con amabilidad. El hablar mal de la gente, el tomar rapé y comer dulces eran sus principales vicios.

Alvarito oyó que el señor Castera, en su juventud, había sido un hombre guapo. En cambio, en su vejez, era casi repugnante.

Es curiosa esa fealdad que se produce en la burguesía, sobre todo en los comerciantes, industriales, notarios, hombres de ley y en todos los que viven casi exclusivamente por el dinero.

No es la fealdad de la gente del pueblo, ni la fealdad de la miseria, de la embriaguez, de la brutalidad, de las pasiones bajas, sino una fealdad sórdida, fría, la expresión de la avidez y de la especialidad comercial.

Esta fealdad contrasta con la belleza que tiene, a veces, el hombre del campo, el marino, y, sobre todo, el hombre de pensamiento.

El señor Castera conocía a Chipiteguy y a Aviraneta y los tenía a los dos por personas honorables; pero inmediatamente después de hablar de ellos y de dedicarles toda clase de elogios, contó, riéndose, esta anécdota:

"Cuando era viejo Talleyrand y vivía en el palacio de Valencay tenía un amigo tan viejo como él, el conde de Montrond.

Un día Talleyrand le decía a la duquesa de Laval:

—Sabe usted, duquesa, por qué me gusta monsieur de Montrond. Porque tiene pocos prejuicios.

A esto, Montrond replicó inmediatamente: