—¿Sabe usted, duquesa, por qué me gusta monsieur Talleyrand? Porque no tiene ninguno."

Sin duda, el viejo ex procurador, quiso decir que tanto Chipiteguy como Aviraneta eran capaces de cualquier cosa.

Compañero del viejo mordaz era el señor Bedarride, tendero de la vecindad, viejo, de cara inyectada y roja, con la nariz abultada, el bigote largo y caído, que llevaba casi siempre redingote y chaleco de grana.

Bedarride, con su aire embrutecido, era hombre listo y había sabido hacerse su fortuna en el comercio de paños. Era también de una fealdad comercial y transcendía a paño a la legua. Probablemente, las emanaciones del paño que había respirado toda su vida habían matizado su alma, dándole un espíritu de pañero indeleble.

A Alvarito le recordó el hombre que voceaba el crimen en el grupo de las figuras de cera, que llamaban, en la casa del Reducto, los Asesinos.

El señor Bedarride, riquísimo, tenía un motivo de pena que le amargaba la vida. Su hija única, Lucía, estaba enferma de la medula. Lucía Bedarride tenía una cara asimétrica desagradable, llena de granos, y una expresión mixta de estupidez, de inquietud y de maldad.

El médico había dicho al padre que quizá, si la muchacha se casara, podría desarrollarse y cambiar, y el señor Bedarride buscaba marido para su hija, pensando en conquistarle, ofreciéndole una fortuna.

Lucía Bedarride, mala, perversa, tenía ataques de nervios; pegaba a las criadas y, al ver que los jóvenes no se le acercaban, le daban arrechuchos de cólera.

La señorita Bizot trató de demostrar a Alvarito insidiosamente que para él sería un magnífico negocio el casarse con Lucía Bedarride; pero Alvarito rechazó la proposición con energía.

La Bizot reconoció que la muchacha no tenía ningún atractivo; pero había dinero en cantidad y con dinero se podían encontrar maneras de indemnizarse. Una mujer como la Bedarride y una querida como su vecina la Nené era una combinación perfecta.