—No; los hechos positivos en que está basado el libro son ciertos; que el cónsul de España en Bayona, don Agustín Fernández de Gamboa, recibió barricas llenas de plata y de oro de las iglesias de Navarra, durante la primera guerra civil, para venderlas en Francia, es verdad.
—¿Usted lo sabía?
—Sí. Gamboa, como sus amigos Collado y Lasala, explotaron todo lo que pasó por delante de ellos. Unicamente así se puede conseguir una gran fortuna en poco tiempo.
—Es indudable. Sólo la guerra y la usura hacen a la gente rica con rapidez.
—Los que no somos contratistas del ejército ni usureros no hemos podido pasar de ser unos pobretones.
Esta conversación la tenían Aviraneta y Leguía en San Sebastián poco antes de la Revolución de septiembre, en una casa del barrio de San Martín, donde vivía don Eugenio por entonces. Aviraneta, de cuando en cuando, se miraba al espejo y se arreglaba una hermosa peluca rubia, casi roja, que le había arreglado su amigo y barbero Justo Lazcanotegui.
—¿Y usted no ha conocido a ese Chipiteguy trapero de la plaza del Reducto, de Bayona, que figura aquí?—preguntó Leguía.
—Sí, sí. ¡Ya lo creo! Era amigo mío; un viejo camastrón, epicúreo... hombre simpático, efusivo. Solía comer yo con frecuencia en su casa.
—Y a Frechón, ¿lo recuerda usted?
—¿Qué hacía ese Frechón?