Manón tenía una manera de andar elástica, graciosa; poseía encanto en todas sus actitudes y movimientos y gran seguridad, más o menos fingida, en sus decisiones.
El viejo judío Manasés León, amigo de Chipiteguy, llamaba a las dos primas Marta y María, y también Demócrito y Heráclito. Manasés sentía gran entusiasmo por Manón; pero prefería a Rosa, porque, según su criterio judáico, las mujeres no debían tener personalidad, sino ser obedientes y sumisas.
Manasés sabía un refrán español, que lo repetía con frecuencia: "Boca con rodilla y al rincón con el almohadilla."
Chipiteguy, que era medio alemán, creía lo contrario, y le alegraba el pensar que su perchanta sería capaz de desenvolverse sola en cualquier circunstancia en que se hallase. Un sobrino de Chipiteguy, Marcelo, decía en broma que Rosa era como las natillas, y Manón como esos platos llenos de especias de gusto fuerte.
La tía María y las criadas, aunque admiraban a Manón, la sermoneaban con frecuencia; pero ella no hacía caso de sus sermones. La perchanta de la casa del Reducto sabía muy bien que su abuelo salía siempre a su defensa y la defendía con ardor.
Había una alianza estrecha entre el abuelo y la nieta.
A Manón le indignaba que calificaran a su abuelo de avaro, de cínico y de impío. Para Chipiteguy, las dignidades no existían. Su filosofía de trapero le hacían creer que un cáliz no se diferenciaba de una copa más que en las perlas; que un estandarte tenía el valor de la tela y del oro, y que una duquesa no se diferenciaba de una lavandera más que en lo que hubiera en ella de bueno o de malo. Chipiteguy se burlaba del novelista Balzac, de quien se comenzaba a hablar mucho en esta época, por el amor que el escritor demostraba por la aristocracia. Uno de los motivos de desprestigio de Chipiteguy era su volterianismo. Chipiteguy creía que la religión era siempre el manto de los hipócritas y granujas para cubrir sus miserias y sus canalladas.
Un buen católico era para él algo sucio, como un tiñoso moral, hombre de poco fiar; capaz de todo.
El había dicho una vez, recomendando a un conocido de Estrasburgo, un abate bayonés: "Puede usted fiarse de él, porque, aunque cura, es buena persona."
—El católico es uno de los productos más envilecidos de la especie humana—aseguraba el trapero—. Decidle a un católico: el ciudadano tal roba en su destino, él le justificará; es un padre de familia, tiene hijos... El otro abandona a su padre, lo legitimará también; el tercero vende a su hija, lo mismo; el católico lo legitima todo. Pero va a haber una fiesta y un baile; entonces el católico fruncirá el ceño. Eso es una inmoralidad, es un escándalo, es una excitación a la lujuria—dirá—. La lujuria es cosa mala; debíamos suprimir la prostitución—pensaréis vosotros—. No, eso no; es un mal necesario... —afirmará con hipocresía—. ¡Mala raza, fea raza, raza baja, envilecida y bastarda, esa de los católicos!