Muchas de las opiniones violentas que profesaba Chipiteguy se las atribuía a un amigo suyo, el poeta Julius Petrus Guzenhausen, de Aschaffenburg; pero algunos pensaban que este poeta Julius Petrus era una invención suya y que no había existido jamás.
El clericalismo siempre lleva al lado la tendencia volteriana; por eso en los países latinos el impío es más impío que en los países protestantes.
Cuando la andre Mari con la Tomascha y la cocinera se ponían a rezar el rosario en voz alta en la cocina, después de cenar, muchas veces Chipiteguy exclamaba:
—¡Viejas locas! No me vengáis aquí con esas monsergas. No quiero que nos traigáis alguna desgracia con tantos rezos. Id a la catedral. Allí tenéis bastante sitio para repetir, sin molestar a nadie, todo el tiempo que queráis, vuestras tonterías. Aun así, no creáis que no hacéis daño; lo hacéis, porque venís aquí y traéis una nube de pulgas.
La sobrina y la criada le replicaban furiosamente y le amenazaban con el infierno, lo que a él le hacía reír a carcajadas y decir mayores irreverencias.
Otra vez que hablaban de los sermones de los curas, que recomendaban a las mujeres que no fueran escotadas, Chipiteguy les dijo a las de su casa, echándoselas de ingenuo:
—Lo que podíais hacer vosotras es ir adonde el obispo, desnudas, y allí él, con ese jaboncillo que emplean los sastres, os marcaría con exactitud en el cuerpo hasta dónde podíais enseñar.
Estas frases escandalosas indignaban a las que las oían.
La andre Mari, viuda sin hijos, mujer flaca, agria, con cara afilada y pálida, tenía una figura que parecía que se la veía sólo de perfil. Solía estar haciendo media constantemente con un gato en la falda.