Un comerciante, algo letrado, había llamado a la casa de Chipiteguy la Escuela de los Avaros.

Cuando sus amigos judíos no estaban delante, Chipiteguy no era roñoso, y todo lo que le pedía su nieta lo concedía al momento.

En lo que no quería gastar era en su indumentaria.

—Un trapero elegante sería ridículo—decía él.

Cuando Chipiteguy se quitaba su hopalanda mugrienta se le veía vestido con un chaquetón desteñido, que era difícil suponer cuál sería su color primero; unos pantalones zurcidos y remendados y un chaleco viejo de nankin. Chipiteguy no quería elegantizarse; le gustaba aparecer tal como había sido siempre.

A pesar de su roñosidad para sí mismo, era espléndido en otras cosas.

En la mesa gastaba mucho. La cristalería era siempre fina y nueva. Chipiteguy no podía soportar una mancha en el mantel; así que había que renovarlo para cada comida. En casa de Chipiteguy se comía bien y se bebía a pasto vino de Burdeos y de Borgoña. Le gustaban también al viejo los licores, y tomar, después de comer, unas copas de coñac antiguo.

Con este trato, su nariz y sus mejillas habían adquirido, en algunos puntos, tonos de carmesí, que se convertían en violáceos. Con aquel régimen de vida, Chipiteguy tenía tendencia a la gota, y a veces padecía cálculos. En estas épocas pasaba días tristes, alicaído y pensativo; pero cuando se curaba, volvía a la jovialidad. Decía que a él le tendrían que poner el mismo epitafio que hizo Desaugiers, un autor de canciones, enfermo de mal de piedra, de sí mismo:

Ci-git helas, sous cette pierre