La taberna se continuaba por un corredor, al que iluminaba la ventana del patio. En este corredor había dos grandes filas de barricas.
Ochandabaratz, el amo de la taberna, era hombre de unos cincuenta años, grueso, un poco asmático, muy sentencioso, con aire reservado. Gastaba siempre camisa blanca, de gran cuello; blusa negra y boina grande. Su mujer era guapa y vistosa; sus dos hijas, muy bonitas; el criado Shanchín, vivo como un mono, y la muchacha Leonie, guapetona, rubia y apetitosa.
En la taberna había siempre gente, de día como de noche; al parecer, los géneros de Ochandabaratz tenían fama de exquisitos, y el vino y los licores de la taberna podían competir con los de los mejores hoteles de Bayona.
Una tarde lluviosa y de invierno estaban en la taberna de Ochandabaratz una porción de tipos, bastante extraños, formando animado grupo. Eran éstos el cochero de una funeraria, llamado Tapín; Benedicto, el campanero de la Catedral; un sepulturero jorobado, conocido por Patrich; el piloto Ibarneche, Bidagorry, el carbonero de la calle del Pont Traversant, que tenía una pierna de palo; el maestro de baile Cuyala, de la calle del Oeste, y tres chatarreros; Michú el de la Vieja Encina de la calle de Bourg Neuf; Larroque el de las Armas de Francia, del muelle de la Galuperie, y Portefaix, el de la Linda Fragata de la calle de Pontriques.
Los más señalados de estos tipos eran Patrich, por su joroba, y Bidagorry, por su pierna de palo; pero los otros tenían también carácter. Ibarneche, el piloto era alto, colorado, la cara ancha, con anteojos, la pipa en la boca; Cuyala, el maestro de baile, elegante, flaco, melenudo, pálido, con un levitín azul, con botones dorados, corbata roja y pantalón corto, lucía las pantorrillas; Michú gastaba sombrero de copa y gabán hasta los pies, y tenía cara de loro, picada de viruelas; Portefaix poseía unos ojos saltones, desvaídos, como dos huevos, y una cara de rana, entre sonriente y triste, y Larroque, que vestía con un abrigo harapiento y un casquete, tenía la cara llena de cicatrices, un ojo nublado, el otro, malicioso, verde gris, rojizo, lleno de inteligencia, de picardía y de desvergüenza.
Estos tres chatarreros, Michú, Larroque y Portefaix, solían ir a España con frecuencia a comprar hierro viejo, granadas y armas, y negociaban y cambalacheaban con Chipiteguy.
El sepulturero jorobado Patrich celebraba, según decía, a todo el que se le acercaba, dos acontecimientos transcendentales de su vida: uno, que le había tocado la lotería; el otro, que se le había muerto la mujer en San Juan Pie de Puerto.
Con tal motivo, Patrich se dedicaba a las más extrañas locuras y cantaba y bailaba alegremente. Patrich mostraba una gran alegría por la muerte de su mujer, y, sin embargo, había quien aseguraba que días antes le había visto llorando por el mismo motivo. En un bufón como él cualquier cosa era posible.
Mientras el grupo celebraba el jolgorio, se asomaron a la taberna el viejo Chipiteguy y el judío Moisés Panighettus, dueño de una trapería, próxima a la Puerta de Francia.
Patrich, el jorobado, se apresuró a saludar a Chipiteguy y a Panighettus; les contó el motivo de su fiesta y les invitó a sentarse.