Rieron de este último epitafio y Patrich no quiso continuar.


V
LOS INQUILINOS DE CHIPITEGUY

La casa de Chipiteguy, de la calle de los Vascos, era alta, negra, con ventanas que se abrían en la obscura pared.

Vivían en ella muchos inquilinos, la mayoría gente pobre, empleados de tiendas y de oficinas, retirados y obreros. En los bajos había un almacén de botellas y otro de carbón.

La escalera de la casa, lóbrega y sombría, daba a un patio pequeño y negro; el portal, húmedo, con una caseta cubierta de cinc, se hallaba siempre a obscuras. La casa tenía cinco pisos y en cada piso tres puertas; al lado de cada una colgaba la cadena de la campanilla con un anillo de metal, y estos anillos, lo mismo que el pasamanos de la escalera, estaban como lubrificados por una grasa viscosa y fría.

De trecho en trecho, en la escalera siniestra, se abrían ventanas que daban al patio, por las que se veía la parte de atrás de otras casas, sombrías y leprosas.

Por aquella escalera subían y bajaban viejas con aire de suspicacia que parecían montones de ropa sucia, tocadas con calotas, cofias y sombreros marchitos; con trajes que olían a trapo raído y a paraguas mojados; y viejos de sombrero de copa antiguos y redingotes de otra época que les llegaban hasta las pantorrillas.

Al entrar en su casa, Chipiteguy se dirigió primeramente al almacén de botellas del piso bajo. Cuidaba este almacén una vieja arrugada que interrumpía a ratos la tarea de hacer media para comer pan y queso. La vieja, al ver a Chipiteguy, se levantó y sacó de un armario el dinero del alquiler; luego se puso a contar, medio en francés, medio en vascuence, una historia aburrida de su juventud, riéndose de cuando en cuando para mostrar sus encías, desprovistas de dientes.