—Sí, sí—gritaron todos.

—Bueno, pues allá va uno. Auténtico: el del niño Pedro Verrue: "Aquí yace el niño Pedro Verrue, de tres años y dos meses. Fué abnegado, discreto y justo. Su vida fué una larga cadena de sufrimientos, que soportó con entereza y resignación cristiana".

Todo el mundo se echó a reír.

—¡Otro, otro!—dijeron.

—El epitafio de la viuda de Routier, a quien conocimos todos por su genio agrio; también auténtico: "Aquí yace María Francisca Bachelin, viuda de Routier, muerta a la edad temprana de 79 años. Era un ángel. Sus hijos, hijos políticos y nietos depositan sobre su tumba esta corona por su virginal pureza".

—¡Otro, otro!

—"Aquí yace Juan Bautista Colardeau, muerto a los siete años y medio, de la escarlatina. Fué buen hijo, buen ciudadano y amante de su patria. Rogad por él".

Siguieron las risas en el público.

—¡Más, más!

—No, basta por hoy—dijo Patrich con su aire rotundo—. Uno para terminar, también auténtico: "Yace aquí Luis Bernardo Chevrau, fabricante de jabón y de vulneraria de los Alpes. Fué padre de familia modelo, sargento de la Guardia nacional y buen ciudadano. La humanidad doliente le debe la mejor vulneraria suiza, que la viuda sigue fabricando en Bayona, en la calle del Oeste, núm. 4".