El tornero se pasaba la vida dentro de su guardilla, en el torno, haciendo unos ruidos que daban dentera a todos los vecinos. Era un hombre que tenía el mismo color que los objetos de boj que torneaba en su aparato y muchos chiquillos que correteaban por la escalera. En la última guardilla hacía tres meses vivía un español emigrado carlista, don Francisco Sánchez de Mendoza. El señor Sánchez de Mendoza era hombre grueso, de bigote negro y patillas cortas, con aire pesado, ictérico y triste.

Chipiteguy llamó en su casa tirando de la campanilla, esperó a que le abrieran y pasó.

Abrió la puerta la mujer del emigrado, una mujer triste, con una toquilla atada por las puntas a la espalda, y preguntó a Chipiteguy en castellano qué es lo que quería.

Explicó Chipiteguy que era el amo de la casa, que venía a cobrar el alquiler del mes, y la mujer, un tanto azorada, fué a avisar a su marido. El señor Sánchez de Mendoza se presentó vestido con una chaquetilla de lienzo blanco llena de manchas y con un aire inquieto y tímido.

—Este ciudadano no paga—se dijo Chipiteguy en su fuero interno.

El señor Sánchez de Mendoza invitó a Chipiteguy a pasar al comedor. Este comedor, con su papel amarillento y una alcoba en el fondo, era de una pobreza un tanto cómica. Tenía un armario embutido en la pared, con unos papeles recortados y calados en los estantes; una ventana al patio, la mesa de pino, unas cuantas sillas rotas y cada una de distinta forma, un canapé lleno de jorobas, unas litografías iluminadas, clavadas con chinches, del periódico La Moda, y dos grandes escudos nobiliarios, pintados a la acuarela. En las puertas de la alcoba había unas cortinillas zurcidas. En la ventana, tiestos con unos geranios raquíticos. Asomándose se veía el patio, como un antro negro, cruzado con cuerdas con ropas puestas a secar. Todo en la casa translucía miseria, abandono, con cierta nota de petulancia cómica.

—El mobiliario entero no vale cincuenta francos—se dijo Chipiteguy, que tenía buen ojo de tasador.

El señor Sánchez de Mendoza se puso a hablar, turbado, como quien busca una salida a una situación penosa. Dijo a Chipiteguy que había sido durante algún tiempo empleado en la Real de don Carlos y que por las intrigas de los enemigos se había visto forzado a marcharse.

El emigrado parecía un pobre hombre lleno de pánico al encontrarse solo y sin dinero en un país extraño y daba la impresión de que no tenía ningún recurso, ni se le ocurría hacer nada para encontrarlo.

Sánchez de Mendoza no sabía el francés y estaba azorado al encontrarse, por capricho de la suerte, en Bayona, en casa de Chipiteguy, de la calle de los Vascos. El señor Sánchez de Mendoza, por lo que dijo, tenía mujer y dos hijos, un varón y una hembra.