Mientras el emigrado hablaba atropellada y confusamente, Chipiteguy, convencido de que no iba a cobrar, se sentó en una silla del cuarto.

A medida que examinaba la casa, el aire de miseria le parecía mayor. En la alcoba próxima, que se veía por una rendija de la puerta, se advertían dos camas en el suelo y un baúl estropeado. La alcoba, dividida por una colcha de colores, rota y agujereada, servía, sin duda, para los dos hijos del carlista.

El señor Sánchez de Mendoza, después de muchos circunloquios, manifestó a Chipiteguy que por entonces no tenía dinero y le pidió que esperara algunos días a que pudiera pagarle.

—¿Cuántos días?—preguntó Chipiteguy.

Sánchez de Mendoza no contestó directamente a la pregunta y se puso a exponer sus lástimas, y al mismo tiempo que contaba sus desgracias, habló de sus blasones.

Era de la Mancha. Le habían embargado sus fincas; había empleado su dinero en la causa. Su familia era antigua e ilustre.

—¿Usted habrá oído hablar de los Sánchez de Mendoza?—preguntó humildemente a Chipiteguy.

—Sí, algo me suena ese nombre.

Chipiteguy, con su tendencia a la contemplación, vió que el pequeño aparador del comedor, con sus papelitos calados, estaba vacío, y notó que los geranios que se veían en la ventana nacían en unos pucheros rotos, rodeados con unas telas de color.

—Bien; está bien—dijo Chipiteguy, saliendo de su estado absorto—; pero, ¿usted que piensa hacer?