—Yo, trabajar si encuentro algo que me convenga, y que trabajen mis hijos también—contestó el emigrado.

—Pero concretamente, ¿qué va usted a hacer?

¡Concretamente! Esta palabra no figuraba en el repertorio del señor Sánchez de Mendoza.

El emigrado consultó con su mujer, que salió de la cocina mal vestida y macilenta.

Luego se presentaron un chico de diez y siete años, de cara inteligente de muchacho avispado y hambriento, y una chica algo mayor que él con el mismo aspecto.

—¿Son sus hijos?—preguntó Chipiteguy.

—Sí; éste está pintando a la acuarela unos escudos; mi chica sabe bordar. Enséñale lo que bordas a este señor.

Sánchez de Mendoza había notado ciertos síntomas de simpatía en el casero y quería aprovecharlos.

—Yo desearía que salieran ustedes pronto de esta situación—dijo Chipiteguy—; por su familia, y también para que me pagara usted.

—Muchas gracias, caballero.