—Gracias, no. Yo insistiré en cobrar.

El no era hombre sin corazón, pero quería cobrar.

El chico y la chica, los dos con su aire avispado y enfermizo, volvieron al comedor, él con unas cartulinas donde había pintado a la acuarela unos escudos de nobleza; ella, con sus bordados en colores. Chipiteguy vió lo que hacían los dos y reflexionó. El podía llevar al chico para que trabajara en su casa y recomendaría a la chica en la tienda de antigüedades de la Falcón.

—Yo tengo un almacén de hierro y he sido trapero—dijo Chipiteguy—; no aparezco, pues, en el Almanaque de Gotha. Si usted y el chico quieren, que venga él conmigo, yo haré que trabaje y ya veré lo que le puedo dar.

—¿Pero quiere usted tenerlo como criado?—preguntó tristemente el señor Sánchez de Mendoza.

—Como empleado. Hará las mismas cosas que yo hago. Yo barro a veces la tienda; él la barrerá también. Yo voy a las casas a comprar hierro viejo. El hará lo mismo.

—¿Y dónde comerá?

—Conmigo.

—No, en la cocina.