—Sí, con mi visto bueno; pero podándola un poco.
Con la autorización de Aviraneta decidí, pues, publicar este relato.
No aparece aquí don Eugenio siempre; pero inspira los acontecimientos, asomándose, unas veces, al primer plano, y otras, al último.
Hecha esta aclaración con respecto a la parte histórica—sigue diciendo Leguía—, tengo que advertir, con relación a lo novelesco, que la obra no me llena. El autor describe demasiado, define demasiado, traza los contornos de los personajes, pero los mueve poco y, sobre todo, no los hace hablar. Tiene por la palabra una falta de cariño extraña. Sus hombres y sus homúnculos hablan el mínimo. Indudablemente, en la literatura, la palabra hablada es la que da a la obra una animación algo parecida al color en la pintura.
El autor no busca esta animación. Rechaza, además, la frase castiza, el giro idiomático. Todo esto, sin duda, le parece hojarasca, lugar común putrefacto, algo pestífero, de lo que hay que huír.
PRIMERA PARTE
LOS TRAPEROS DE BAYONA
I
LAS GALERAS
Una mañana de junio de 1838 varias galeras con toldo y cuatro ruedas, unas tiradas por dos, otras por un caballo de patas gordas, marchaban por el desfiladero de Roncesvalles, larga y empinada cuesta llena de zig-zags, de curvas y de meandros, que sube desde San Juan Pie de Puerto hasta Burguete.