—Bueno; pero esas son obras maestras realistas.

—Usted siempre ha sido enemigo de la literatura de imaginación.

—Siempre.

—¿Usted no ha soñado nunca, don Eugenio?

—De esa manera, no. La verdad, la verdad en todo: ese ha sido siempre mi ideal.

Al decir esto, Aviraneta se planchaba su peluca roja, que tenía tendencia a abombarse y a separarse de su cabeza.

Qué cantidad de verdad puede tener una peluca fué una pregunta que le vino a Leguía a la imaginación. La cuestión de la verdad histórica la habían discutido muchas veces. Aviraneta era dogmático, partidario del realismo, y creía que tarde o temprano la verdad resplandecía, como el sol entre las nieblas. Leguía pensaba que en ese camposanto de la historia, lleno de huesos, de cenizas y de baratijas, cada investigador escoge lo que le place y lo combina a su gusto.

—¿Pero, a pesar de las fantasías novelescas, a esta relación le daremos entrada en sus memorias?—preguntó Leguía.

—Sí.

—¿Con su visto bueno?