—Sí; ¿no me he de acordar? En ese final de abecedario, el que más y el que menos era un bandido.

—Sí, quizá... Pero era una época divertida. Se vivía con pasión. Hoy está todo más bajo, más cansado. Hoy intentamos vivir como personas sensatas, para lo cual parece que no tenemos muchas condiciones los españoles.

—Y de Roquet, ¿se acuerda usted?

—Sí, hombre; perfectamente.

—Bueno, don Eugenio; y en último término, ¿cree usted que este relato, del cual le he leído varios trozos, debe entrar en la historia de su vida, si alguna vez la publicamos?

—Sí, sí; tiene detalles curiosos; pero no me gusta esa forma novelesca. Creo que le debías quitar lo que tenga aire romántico; dejar la realidad, la verdad escueta.

—¡La verdad! ¿Es que es más verdad la historia que la novela?

—Naturalmente.

—Eso creía yo también antes; hoy no lo creo. El Quijote da más impresión de la España de su tiempo que ninguna obra de los historiadores nuestros. Y lo mismo pasa a la Celestina y al Gran Tacaño.