En el piso, pobre y sombrío, de la obscura calle de los Vascos no se respiraba alegría. Su madre estaba siempre fregando o limpiando; su hermana Dolores, bordaba, y el padre, don Francisco Xavier, charlaba constantemente de política, del carlismo, y, sobre todo, de genealogía y de blasón.
El señor Sánchez de Mendoza andaba a vueltas con los escudos de su familia y con aquella barra de bastardía que aparecía en unos Pérez del Olmo, antecesores suyos.
Al anochecer encendían en el comedor una palmatoria de aceite, que daba luz de ánimas benditas.
De noche no se hacía fuego en la cocina de la casa del hidalgo y se comía frío. Alvarito veía cómo su madre ponía en la mesa unos platos desconchados, unas tazas desportilladas, tres vasos diferentes y los cubiertos de metal.
Alvarito veía que, si cenaba allí, su padre no se lo agradecía, porque mermaba la cantidad de la comida, ya escasa.
El chico se despedía de su familia e iba hacia la plaza del Reducto.
Le parecía muy triste el anochecer de Bayona, a orillas del Adour, en las avenidas marinas y en las de Boufflers.
El río se extendía ancho, como de plata; los embarcaderos de maderas negras de algunos almacenes del barrio de Saint Esprit, alzaban sus brazos giratorios, con sus poleas en la punta; la Ciudadela, en la orilla derecha del Adour, se levantaba, con su muralla gris, sobre una colina verde, con taludes de hierba.
Aquel río, casi desierto, con pocos barcos, se extendía tranquilo, con un color de perla. En el fondo, hacia su desembocadura, se veía una línea de colinas bajas con árboles, algunas gentes en los bancos y algunos pescadores, inmóviles, con la caña en la mano.