Alvarito nunca había comido como en casa de Chipiteguy; probablemente había supuesto, hasta antes de entrar en ella, que el estado natural de la Humanidad era el del hambre; jamás había visto, hasta entonces, aquellos platos de carne suculenta, los capones blancos y grasos, los pavos rellenos, los pescados sonrosados, las verduras de todas clases, las trufas, los espárragos, la mantequilla a discreción, los vinos de buena marca que se bebían a pasto, el café cargado y aromático y la variedad de licores.

La casa de Chipiteguy le daba al joven Sánchez de Mendoza una extraña impresión de cinismo.

¿Cómo se podía vivir así para adentro sin pensar para nada en los demás? Le parecía absurdo que se pudiera gastar lo que se gastaba allí en comer y beber.

El régimen de la familia de Chipiteguy no se parecía en nada al de la casa de sus tíos, en la Mancha. Allá, todo pompa, decoro y vida exterior, sin realidad alguna; aquí, por el contrario, todo positivo. En la familia de Chipiteguy la ostentación no tenía importancia.

Uno de los lugares que maravillaban a Alvarito en la casa era la cocina, grande, clara, espaciosa, con todos los cacharros bruñidos, en donde ardía el fuego desde la mañana hasta la noche. La cocina se consideraba como lo más trascendental de toda la casa; allí no faltaba nada. En el comedor pasaba lo mismo; los muebles no eran elegantes, pero los manteles eran magníficos; los cubiertos, de plata maciza; la cristalería, muy buena: había dos o tres vajillas de porcelana, y una, soberbia, para los días de convite, con los bordes de oro.

Alvarito, con el trato de la casa del Reducto, iba llenándose y haciéndose macizo y fuerte.

A los tres meses de vivir con la familia de Chipiteguy desapareció el aire espiritado y débil que había tenido siempre el joven.

Frechón y Claquemain le reprochaban el haber engordado y le decían a cada paso que los españoles eran unos muertos de hambre, que no comían más que garbanzos duros, y eso de tarde en tarde.

Los domingos, después de pasar el día con su familia, Alvarito andaba por el pueblo.

Le parecían muy tristes y muy aburridos aquellos domingos de Bayona en las calles; pero era peor quedarse en su casa.