A Alvarito le parecía como una obligación de su empleo el escuchar las opiniones del viejo sin protestar.

Hablaba también Chipiteguy de los amigos que había tenido durante el Imperio.

Recordaba con frecuencia al escritor revolucionario Bonneville, republicano entusiasta, que tenía en su vejez una librería de viejo en París, en el Barrio Latino, en el Pasaje de los Jacobinos, y a quien había visto, por última vez, hacía quince años. Este Bonneville había escrito bastantes libros, entre ellos uno muy absurdo: Los jesuítas echados de la masonería y sus puñales rotos por los masones, en el que trataba de demostrar, con argumentos muy fantásticos, que los jesuítas eran masones, de la secta de la Rosa Cruz.

Había conocido también Chipiteguy a Albertina Marat, la hermana de Marat, que vivía en 1838 en una guardilla de la calle de la Barillerie, en el mayor aislamiento, y trabajaba haciendo agujas de reloj para la casa Breguet y había visitado a la hermana de Robespierre, Carlota, desconocida en París, que se hacía llamar la señorita Delaroche.

A veces discutían Aviraneta y Chipiteguy. Aviraneta decía que los franceses habían arreglado tan bien la historia de la Revolución francesa, que a todo le habían dado un aire grandioso; así la toma de la Bastilla, la batalla de Valmy y la de Jemmapes, que no eran en sí grandes acontecimientos, parecían cosas épicas.

—No, no—replicaba Chipiteguy—. Esos acontecimientos se consideraron como símbolos.

Cuando no había visitas en casa del trapero se leían los periódicos. Se recibían El Constitucional y Le Journal des Debats, de París, y los dos diarios de Bayona, El Faro y El Centinela de los Pirineos.

La sobremesa de noche tenía otras compensaciones. A veces cantaba y tocaba el piano Manón, y con frecuencia venían su prima Rosa y otras amigas y se bailaba. Algunas noches jugaban a las damas y al ajedrez. Alvarito casi siempre perdía. No tenía ningún talento para estos juegos. Como Alvarito se hallaba pobremente vestido, Chipiteguy le envió al muchacho al sastre para que le hiciera un traje a la moda, con el cual estaba muy bien.

Los domingos, por la mañana, Alvarito se levantaba más tarde que los días de labor; se ponía elegante, con su traje nuevo, y mientras un mendigo con su organillo pasaba por delante de la casa del Reducto y tocaba casi siempre el vals de El Carnaval de Venecia, él bajaba las escaleras y salía a la plaza. Veía la procesión de aguadores, de muchachas y de judíos que venían por el puente de barcas de Saint Esprit. Se dirigía a la Catedral, oía misa e iba luego a ver a su familia. Llevaba todo el dinero que le daban a entregárselo a su madre, y luego ella le volvía a dar uno o dos francos para el bolsillo, como le decía.

Alvarito se quedaba a comer con los suyos; pero, a pesar del amor a la familia, encontraba la comida de la calle de los Vascos muy deficiente.