—¿De verdad?

—Sí. Tú le has oído a don Eugenio hablar mal de la guerra, pues tiene razón; además de ser una porquería, es una pobre estupidez.

Solía añadir también otras veces:

—Esa salsa de la guerra hay que probarla si se encuentra ocasión. Se aprende a conocer a los hombres.

—Sí, así debe ser—afirmaba Alvarito.

—Lo que no impide para que sea una porquería abominable.

A veces Chipiteguy decía convencido:

—A aquel pobre Maximiliano le engañaron.

—¿A qué Maximiliano?

—A Robespierre.