Durante algún tiempo se reunían en tertulia en casa de este Pereyra, judío de Bayona, que tuvo en la época del Terror una tienda de tabaco en París, en la calle de San Dionisio, en la que se veía como muestra un gorro frigio colorado. Cuando Pereyra fué preso, naturalmente, se deshizo la tertulia.

Después Chipiteguy se alejó de París y estuvo de soldado republicano en la Vendée y luego marchó a vivir a Bayona.

Fué Chipiteguy amigo de Gastón Etchepare, el tío de Aviraneta, de Bidart. Otro de sus conocidos, compañero a quien él debía favores, Juan Gorostarzu, había sido guillotinado en Ezpeleta por contrarrevolucionario.

Poco después, al suprimir el Gobierno el convento de Visitandinas de Hasparren, la cuñada de Gorostarzu, que estaba en este convento, fué a su casa, Arozteguia de Ezpeleta, y puso una escuela, en donde enseñaba a los chicos y chicas las primeras letras mientras ella hilaba. En esta escuela había estudiado el padre de Manón y el poeta vasco, el capitán Duvoisin, a quien Chipiteguy había conocido de niño.

Chipiteguy legitimaba el Terror. Era necesario—decía él—para implantar una sociedad nueva, con menos abusos, más justicia y más libertad. Según él, en todo el país vasco y en las Landas la población estaba en contra de los republicanos franceses y a favor de los monárquicos españoles, dispuestos a entregarse a éstos; de aquí que los convencionales Pinet y Cavainac tuvieran que extremar la violencia.

Los esfuerzos del Comité revolucionario de Labour, formado por Hiriart, Dithurbide y Daguerrezar, no habían tenido éxito, ni las proclamas llamando a los emigrados, escritas en vascuence y en francés en Juan de Luz (estaban suprimidos los santos hasta en los nombres de los pueblos) y firmadas por Izoard, Meillan, Chaudron-Rousseau y Paganel.

Chipiteguy le contaba a Alvarito muchas historias de su tiempo, con grandes detalles; el desarrollo de las intrigas políticas, el cómo había conseguido su fortuna la mayoría de los ricos del pueblo y la marcha de los acontecimientos de la Revolución, del Imperio y de la Restauración.

A Alvarito le chocaba que el viejo tuviera entusiasmo por la Revolución. En cambio, de la guerra hablaba siempre mal.

—¡La guerre!—decía—. C'est une saleté abominable.