Chipiteguy le oía encantado. A veces le preguntaba:

—¿Qué fué de aquel Nantil? ¿Qué hizo aquel Cugnet de Montarlot?

Alvarito, cuando oyó por primera vez hablar de jacobinos, franciscanos, cordeleros, de gentes de Obispado, creyó que la Revolución francesa la habían hecho los frailes.

Alvarito era demasiado correcto para espiar a su amo y se decidió a hacerle preguntas, y como vió que a Chipiteguy no le molestaban, sino que, por el contrario, le agradaban, tuvo largas conversaciones con el viejo, sobre todo después de cenar.

—¿Pero eran buenos de verdad los hombres de la Revolución francesa?—le preguntó una vez Alvaro.

—Había de todo; algunos eran demasiado buenos y demasiado honrados. Yo fuí una vez con Basterreche al Ministerio de Hacienda durante el Terror, y vimos al ministro, el señor Des Tournelles, que se componía las medias con una aguja en un salón y tenía millones en las cajas. Claro que hubo muchos abusos. Aquí se contó que un convencional, unos decían que Cavaignac y otros que Pinet, prometió salvar la vida del padre de una señorita Labarrere, si ésta se entregaba al convencional, y luego parece que se guillotinó al padre. Los hombres, vistos de cerca, indudablemente valen poco—decía el viejo trapero—; no va a haber a la vuelta de la esquina un César o un Alejandro.

Chipiteguy recordaba muchas escenas del tiempo del Terror en París, en Burdeos y en Bayona, y las recordaba en todos sus detalles.

Había conocido también la ciudad de Estrasburgo bajo la tiranía del fraile revolucionario Eulogio Schneider y de su sociedad La Propaganda. Había hablado con Schneider, que era discípulo del iluminado Weisshaupt. Este Schneider era el Marat de Estrasburgo, un Marat a la alemana, predicador y místico. Chipiteguy le vió en París cuando le guillotinaron.

En la capital, durante algún tiempo, Chipiteguy conoció a Etchepare y a algunos otros vascos, amigos de Basterreche, de Pereyra, etc.