Cuando el loco veía a Alvarito se le acercaba y solía decirle a voz en grito:

—Vamos, vamos... a España... a matar... a matar... ¡Viva el Rey!

Y un loro de un balcón que se había aprendido la retahíla repetía también:

—Vamos, vamos... a España... a matar... a matar... ¡Viva el Rey!

Alvarito experimentaba, sobre todo al principio, una gran tristeza al verse en la tienda del trapero. Allí, en casa de Chipiteguy, nadie le conocía; comprendía que pensar en su pobre situación era mortificarse por capricho, que nadie se fijaba en él; pero no podía evitar el sentimiento de vergüenza de estar empleado en una trapería.

Poco a poco se le fué pasando esta vergüenza y pensó que podría darse por muy contento si la suerte le hiciera sustituír a Chipiteguy casándose con Manón.

En casa del trapero, Alvarito conoció a don Eugenio de Aviraneta y le oyó hablar. Don Eugenio solía ir a comer con frecuencia en compañía de Chipiteguy, y en estos días la comida era todavía más cuidada que de costumbre.

Aviraneta bromeaba mucho con Manón y la galanteaba; también solía hablar con Alvarito y le hacía preguntas acerca de su vida y de su familia y se reía al oír las contestaciones del muchacho.

Un día éste oyó decir que las relaciones entre Chipiteguy y Aviraneta procedían de ser los dos masones. Esta suposición aguzó la curiosidad del joven Sánchez de Mendoza. ¿Serían aquellos dos hombres masones? ¿Pertenecerían a la tenebrosa secta? Aviraneta y Chipiteguy solían hablar mucho a solas de sobremesa, con su copa de licor delante, el uno fumando su pipa, y el otro, su cigarro habano.

Hablaban de personas que habían conocido, y Aviraneta contaba un sin fin de hechos y de anécdotas de gente que había encontrado en Francia, en Egipto, en Grecia, en América y en España.