Muchas veces Alvarito reflexionaba sobre su situación. Creía que depender de un trapero y vivir en su casa era una heroicidad para un aristócrata como él. Más que nada, la verdadera heroicidad pensaba que consistía en vencer el ridículo. Encontrarse bien de dependiente en una tienda de trapos y de hierro viejo tenía su mérito. Esto era ya socialmente tan bajo, que por ello mismo impedía que fuese ridículo. Prefería la trapería a una camisería, o a una bisutería, o a una tienda de guantes, donde hubiese tenido que tratar a clientes distinguidos que le hubieran mirado de arriba abajo.
Además, Alvarito tenía el bello pretexto de encontrarse prendado de la nieta del patrón y pensaba que con el amor ya no podía haber ridiculez posible.
Alvarito sentía gran temor por ponerse en ridículo. La idea sola le hacía palidecer y su amor propio le pintaba ocasiones de quedar humillado en todas partes.
Muchas gentes de la vecindad, como si hubieran adivinado su flaco, parecían empeñadas en burlarse de él. El chico de una tienda próxima de la calle de Bourg Neuf, una tienda de objetos de pesca, que se titulaba "Al Pescador", le llamaba siempre trapero. Sin duda había notado que le molestaba, y por eso mismo repetía con más frecuencia la palabra.
Varias veces el chiquillo salía a la calle con un saco, se lo echaba al hombro y gritaba:
—¡Galonero! ¡Compro trapos viejos!—y miraba a los balcones.
Alvarito, mortificado, hacía como que no se enteraba.
También Claquemain, el mozo carretero, manifestaba antipatía por el joven Sánchez de Mendoza. Con su bigote grande, la barba sin afeitar y los ojos rojos, solía tomar un aire amenazador. A veces se ennegrecía la cara con carbón y se ponía a hacer gestos y a sacar la lengua y a ponerse bizco para asustar al muchacho. Alvarito se estremecía de miedo.
Cerca de la casa de Chipiteguy vivía un loco que se paseaba arriba y abajo con un sombrero metido hasta las orejas y un gabán raído. A veces tenía ataques y entonces daba unos gritos espantosos.
Los chicos se burlaban de él y le llamaban Abadejo y Tripa seca, y él mascullaba una serie de frases violentas contra ellos. Este loco tenía las orejas grandes, los ojos torcidos y la cara cómica.