Iremos, pues, así mal que bien, unas veces tropezando en los matorrales de la fantasía, y otras, hundiéndonos en el pantano de la historia.

Antes de los acontecimientos sangrientos de Estella, en donde perdieron la vida cuatro generales carlistas, había Aviraneta comenzado a organizar su acción contra el carlismo y a hacer propaganda en favor de la paz, sobre todo en Guipúzcoa.

Encargó la dirección de la empresa en esta provincia a su primo don Lorenzo de Alzate, a Orbegozo y al jefe político Amilibia, los tres de San Sebastián, que se pusieron a trabajar con actividad en la línea de Hernani y de Andoain.

La primera noticia que tuvo Aviraneta de la escisión que se iba produciendo en el carlismo le vino de la Corte. Se enteró de que en Madrid, frente a las Covachuelas, en una tienda de tiradores y galones, vivía una viuda, que se había vuelto a casar con un coronel carlista, llamado Calcena, hombre muy activo, de armas tomar, amigo de Cabrera, y que mantenía correspondencia con el general Aldasoro, que habitaba en Bayona.

Este Calcena era un aventurero, un bandido que había estado mucho tiempo en América de militar y de jugador de ventaja.

Aviraneta indicó al ministro Pita Pizarro la utilidad de violar la correspondencia de Calcena y por ésta se supo los preparativos que hacían los amigos de Arias Teijeiro para deshacerse de Maroto.

La escisión estuvo oculta, para los carlistas, durante bastante tiempo, hasta que estalló y se hizo pública con los fusilamientos de Estella.

Como estos fusilamientos dejaban triunfantes a Maroto y a sus amigos, es decir, daban la victoria a los moderados del carlismo sobre los absolutistas, Aviraneta indicó al Gobierno de Madrid la táctica que debía seguir, resumida en estos consejos: primero, intentar promover disensiones entre los marotistas que formaban el grupo moderado militar, por entonces fuerte y compacto; segundo, apoyar por debajo de cuerda a los absolutistas teocráticos e intransigentes para que atacaran a los marotistas, y tercero, impedir que los carlistas, partidarios de la transacción, se entendieran con los cristinos, de tendencias parecidas, pensamiento que era el que llevaba interiormente el padre Cirilo y la princesa de Beira.

A pesar de todas sus alharacas, la facción absolutista y teocrática sucumbió tan completamente a los golpes de Maroto, por la inercia de sus jefes y la cobardía de don Carlos, que todos los esfuerzos para reanimar el partido de los puros, así se llamaban ellos a sí mismos, y hacer que volvieran a la pelea contra los marotistas fueron inútiles. Los hombres más importantes de la facción apostólica aceptaron la derrota y la humillación, convencidos de que su causa estaba perdida.

Los absolutistas puros doblaron la cabeza. No se podía contar con ellos.