A pesar de que la Junta Carlista de Bayona le espiaba constantemente y le seguía los pasos, don Eugenio tenía relaciones con algunos de los carlistas más perspicuos.
Una de las personas que le dieron datos acerca de las divisiones y rencillas del campo de don Carlos fué don Manuel Mazarambros, ex relator del Consejo de Castilla. Mazarambros, persona inteligente, estaba enfermo, hipocondriaco, y no quería tomar parte activa en la política. Mazarambros se hallaba en correspondencia con el intendente Arizaga, hombre corrompido, muy sagaz, de mucho cuidado, uno de los amigos y consejeros de Maroto, y por él llegaba a saber Aviraneta lo que se pensaba en el Cuartel General. También se aprovechó don Eugenio de las indicaciones de su amigo Vinuesa.
Cuando los expulsados por Maroto llegaron a Francia, Aviraneta tenía confidentes en los dos campos carlistas y sabía día por día y hora por hora lo que hacían los unos y los otros.
La acción de los marotistas era más pública y había informes oficiales de ella; la de los antimarotistas, más secreta.
Don Eugenio estaba en relación con el coronel Aguirre, uno de los antimarotistas exaltados, y éste le escribía a la semana dos o tres veces. Lo mismo hacían Bertache y Orejón.
Para las intrigas de los antimarotistas de Bayona contaba con María de Taboada y con don Francisco Xavier Sánchez de Mendoza, a quien Aviraneta había conocido por Alvarito, y al que convidaba a comer algunas veces en la posada de Iturri, de la calle de los Vascos.
Pero aún tenía don Eugenio otros informes. Los fanáticos intransigentes, enemigos de Maroto, habían formado sociedades secretas, verdaderos clubs, en los cuales se conspiraba de continuo contra el general.
Los dos clubs principales antimarotistas estaban: uno, en Azpeitia, y el otro, en Tolosa.
En el de Azpeitia, Aviraneta tenía como confidente a un tal Odriozola, capitán del ejército carlista, hombre ya viejo, que había estado en América, donde perdió la carrera por jugador, y que atribuía su desgracia a Maroto; en el de Tolosa, un oficial llamado Rezusta, que odiaba a Maroto por su poca religión, lo que no era obstáculo para que él mismo fuera uno de los oficiales más descreídos del ejército de don Carlos.