lo que quería decir que: "Al burro lerdo hay que darle arriero loco, y al asno muerto, la cebada al rabo."
De aquellas hojas, en vascuence, se introdujeron muchas en el campo carlista.
Recomendó también Aviraneta a sus comisionados de la línea de Hernani y de Andoain que mandaran poner tabernas y merenderos en los alrededores y que dejasen pasar sin dificultad hacia el campamento carlista a las chicas que quisieran ver a sus novios o a sus parientes.
De esta manera comenzaron a entablarse relaciones entre los de un campo y los de otro, y corrió por las filas carlistas esa idea, casi siempre precursora del abandono de una causa, la idea de que se estaban haciendo componendas, a espaldas del ejército, y de que los jefes se preparaban a abandonarles y hacerles traición.
Desde entonces, como si se hubiera dado una consigna, todo el mundo comenzó a hablar de las penalidades de la guerra, de la vida miserable que se hacía, de la diferencia de trato entre los oficiales y la gente de tropa. La paz comenzó a aparecer como un estado de felicidad perfecta.
Los agentes aviranetianos hicieron conocer al pueblo y al soldado que el gran obstáculo para obtener la paz eran don Carlos y los hojalateros de Castilla, el uno ambicioso, y los otros gentes ricas, que no sentían la miseria de la guerra con sus rentas bien saneadas en fincas del Mediodía y en Bancos extranjeros.
Don Eugenio, por entonces, no descansaba; había entrado en correspondencia con un antiguo maestro de la niñez, don Mariano Arizmendi, hombre un tanto sombrío, de genio adusto, de gran influencia entre los personajes carlistas.
No se pusieron del todo de acuerdo Arizmendi y él; pero se habló entre ellos, repetidamente, de que para terminar la guerra era indispensable un convenio, palabra que corrió por el campo carlista y por el liberal.
Sin duda, en aquel momento, la palabra convenio condensaba las aspiraciones de los partidos. Los cristinos no se podían considerar triunfantes en la guerra, ni los carlistas completamente vencidos; era, pues, indispensable que unos y otros cedieran algo en sus respectivos puntos de vista.
Al mismo tiempo que se verificaba aquella transformación en las ideas, don Eugenio iba preparando los documentos falsos que había de utilizar en el legajo que pensaba introducir en la corte de don Carlos. A este legajo llamaba el Simancas.