El conde formaba en el grupo de aristócratas extranjeros legitimistas que se consideraban con derecho a intervenir en España. A la cabeza de este grupo se hallaba el príncipe de Lichnowsky.

El príncipe de Lichnowsky era un alemán orgulloso, fantástico. Creía que su título de príncipe le autorizaba a todo. Pasó en España una larga temporada en las filas carlistas. Unos años después de la guerra, estando en su país, cuando la revolución de 1848, le hicieron miembro del Parlamento de Francfort. Allí pretendió tratar con desprecio y con altivez a los republicanos, y en un motín popular le mataron en las calles.

El conde de Hervilly era un legitimista, un realista, para quien el mundo tenía dos hemisferios: uno, el de los aristócratas, con todos los derechos, y otro, el de los no aristócratas, con todos los deberes.

La condesa de Hervilly, mujer muy guapa, cubana o mejicana, hablaba el castellano y el francés a la perfección.

Nenín presentó Aviraneta al conde y a la condesa. A don Eugenio le dieron los dos una impresión de misterio, de desconfianza. Le chocó que tuviera ella deseos de intimar con él. El conspirador no era vanidoso y sabía muy bien que no estaba en el caso de hacer efecto en las mujeres. La curiosidad que manifestó la condesa de Hervilly por su vida le impulsó a enterarse de quién era aquella señora curiosa.

Pidió a los mozos del hotel y a la dueña informes de la dama. La pintaron como una persona extraña, de gustos exóticos, perezosa, ardiente, muy caprichosa. Le gustaban mucho las flores, los perfumes, el vivir perezoso e indolente.

Se llamaba Sonia. Unos decían que era cubana, otros que haitiana, otros que gitana y otros que judía o rusa. Al parecer, tenía al marido dominado.

¿Qué hacía este matrimonio en Bayona? ¿Por qué estaban allí? ¿Qué esperaban? Los del hotel no lo sabían.

La condesa de Hervilly aparecía en el comedor del hotel acompañada de su esposo y de Nenín y visitaba con su marido el Consulado de España.

El conde se manifestaba siempre muy amable y galante con su mujer.