Aviraneta pensó que, si había alguien en Bayona que supiera algo de aquellos condes misteriosos, tenía que ser Luci Belz, la empleada de la fonda del Comercio, y fué a verla.
Luci Belz le dijo que se decía que la condesa de Hervilly era una aventurera, cómica o bailarina, que había tenido muchos líos. No era fácil comprender si el señor conde estaba enterado de las aventuras de su mujer; pero, al parecer, no lo estaba.
—Yo me he de enterar mejor—concluyó diciendo Luci.
Unos días después, la empleada del hotel del Comercio llamó a Aviraneta. Se había enterado de varias cosas. El conde de Hervilly, según se decía, era un hombre un tanto monstruoso: le faltaba casi por completo una pierna y llevaba para andar una de goma. De sus dos manos, la izquierda era como la de un pato, con una membrana entre dedo y dedo; en cambio, la derecha era de una fuerza enorme. Si alguna vez el conde se caía, rehusaba ayuda para que no notasen que le faltaba la pierna. El explicaba su torpeza diciendo que estaba reumático. Sobre aquel cuerpo estropeado, el conde tenía una cabeza distinguida; pero, al parecer, esta cabeza no tenía pelo y lo sustituía una peluca entre gris y negra. El conde se ocupaba de algunos trabajos históricos y pasaba mucho tiempo encerrado en su cuarto. El conde trataba a la condesa con gran galantería y ella tenía también para él muchas atenciones.
Poco después, doña Paca Falcón, que era amiga de Aviraneta y estaba enterada de la vida de toda la gente de Bayona, le contó que se decía que el conde de Hervilly había conocido a Sonia, su mujer, en París, donde vivía con un tabaquero cubano, que pasaba por tío suyo; pero que, al parecer, era su amante. El conde quedó enamorado de ella como un loco, al verla, y a los dos días pidió su mano.
Ella parece que le contestó:
—Consúltelo usted con mi tío.
El conde fué a ver al tabaquero y éste le dijo con marcado acento de mal humor:
—Esta muchacha no es mi sobrina, sino mi querida.
—¿Así que usted no tiene ninguna autoridad ni derecho sobre ella?