—Yo, ninguno.
—Muy bien.
Al día siguiente, Hervilly pidió a Sonia que se casara con él y se casaron. Al poco tiempo el conde se desafió con el tabaquero y lo mató de un tiro.
La historia le pareció bastante extraña a Aviraneta.
La condesa tenía un criado todo un tipo extraño. Era un americano mestizo de indio, moreno, delgado, tostado por el sol, con una cara impasible e inmóvil, los pies muy chicos y las manos muy pequeñas; hombre que hablaba el español, el francés y el inglés con perfección, pero muy lánguidamente. Se llamaba Fernandito. Aviraneta pensó que debía ser mejicano e intentó interrogarle y hablarle de su país; pero Fernandito el indio no contestó. Este autómata no parecía tener vida más que ante sus señores.
La Falcón le contó a Aviraneta que se decía que a Fernandito, Sonia le había encontrado una noche en una calle de París, tendido en un banco, abandonado y gravemente enfermo.
Sonia parece que lo llevó a su casa, lo cuidó y lo salvó, y desde entonces el indio se había convertido en un perro de presa de aquella mujer, por la que tenía un entusiasmo sin límites. Todos estos detalles no eran para tranquilizar ni inspirar confianza en aquella gente.
Días después Aviraneta vió en el comedor de la fonda de Francia a la condesa de Hervilly con la señora de Vargas. El se inclinó ceremoniosamente y ellas le saludaron, sonriendo; pero don Eugenio no quedó muy tranquilo. Ya sabía que Fermina se creía con motivo para odiarle; pero la otra, la condesa, ¿qué motivo podía tener contra él?