Estas palabras produjeron en el partido carlista un asombro y una indignación, que fueron, en parte, causa de que Urbiztondo estuviera mucho tiempo de cuartel, hasta que Maroto, nombrado general en jefe, le llevó de nuevo al servicio activo.

Urbiztondo, por equivocación, había sido carlista. Era un militar inteligente, hombre de mucho nervio. Fué de los buenos generales del carlismo. Pasado al ejército de la Reina, después del Convenio de Vergara, fué capitán general de Filipinas, en cuyo mando estuvo muy acertado; después, ministro de la Guerra con Narváez, en 1856, y al año siguiente murió en un duelo en un salón del Palacio Real, por una cuestión de etiqueta, batiéndose con un oficial que le había prohibido la entrada. Al menos esta fué la voz popular.

—Probablemente—dijo Urbiztondo a los desterrados, al llegar a la frontera—, pronto tendré yo también que venirme a Francia.

—Es muy posible—le contestó doña Jacinta de Soñanes, "la Obispa", con retintín—; pero no será por la misma causa que nosotros ni por el mismo camino.

—Si es posible, que salga por Behovia—replicó el general, sin dar ninguna importancia a la alusión.

Esto ocurría a principios de marzo.

Ya habían llegado a San Juan de Luz y a Bayona los expulsados por Maroto, cuando un día el cónsul Gamboa llamó a don Eugenio de Aviraneta y le dijo:

—Deseaba mucho hablar con usted y hoy mismo pensaba llamarle.

—¿Qué pasa?

—El subprefecto y yo estamos todavía indecisos, sin saber qué partido tomar con los personajes carlistas expulsados por Maroto.