—Pues, ¿por qué?
—El subprefecto es de opinión que se interne a esos carlistas a cuarenta o cincuenta leguas de la frontera. Yo no sé qué hacer. He preguntado al Gobierno, que no contesta. ¿A usted, qué le parece?
—Hay que dejarles vivir en la frontera—contestó don Eugenio—. ¿Para qué internarlos? El vigilar a un político, no teniéndole encerrado en la cárcel, es imposible. Además, estos emigrados, con sus maniobras, nos han de ser útiles a nosotros.
—¿Cree usted...?
—Claro que sí. A nosotros no nos pueden hacer daño alguno.
—¿Supone usted que conspirarán?
—Están conspirando ya.
—¿Contra quién?
—¡Contra quién ha de ser: contra Maroto!
—¿Usted supone que eso nos conviene?