—Lo que tú tienes que hacer es marcharte de aquí.

—¿Adónde?

—Qué sé yo. El mundo es grande.

—Está uno bastante mal preparado para luchar en la vida.

—Otros con menos medios que tú han llegado a ser algo.

Sabía un poco de francés, inglés y cuentas. Me hubiera gustado ir a vivir a Inglaterra, pero comprendía que el aprendizaje allí sería demasiado caro y demasiado largo para un hombre sin medios.

Consulté con un capitán de barco, el capitán Barrenechea, que hacía la travesía de Cádiz a Barcelona, y éste me dijo que me llevaría a cualquier punto de su trayecto gratis. Quedamos, Barrenechea y yo, en que primeramente intentaría probar fortuna en Valencia. Era a principio de la guerra, en 1833. Me embarqué en la Bella Amelia, y estuve en Valencia un mes sin encontrar nada que me conviniera, y cuando volvió de nuevo el barco de mi amigo el capitán fuí con él a Tarragona.

Al bajar, en el puerto, Barrenechea me dió dos cartas de recomendación. Una, para un señor Serra, comerciante, y la otra, para un capitán de cabotaje, llamado Ramón Arnau, que vivía cerca del puerto.