Al poco tiempo todo Málaga se hallaba enterada de nuestra ruina. Hicimos un balance de cuentas que nos dejó espantados. Afortunadamente, mi madre, mujer enérgica, de carácter, tomó las riendas de la casa: cortó por lo sano; vendió joyas y mobiliario, quedándose sólo con lo imprescindible, y fuimos a vivir a una casita de campo de la Caleta.
Mi hermano y yo nos dispusimos a trabajar para ver el modo de poner a flote el negocio de mi padre.
El socio nos manifestó una mala intención señalada, y vimos claramente que quería quedarse con la casa comercial, dando una pequeña pensión a mi madre. Nos enteramos del valor que podían tener las acciones de la compañía minera en donde mi padre había metido varios miles de duros, pero estas acciones se hallaban por entonces muy en baja, y nuestros amigos nos aconsejaron que esperáramos algún tiempo para venderlas.
Es muy poco grato vivir en un pueblo en donde se ha pasado por rico: se molesta uno al ver que la gente conocida huye del arruinado y se tiende a la desconfianza y a la suspicacia.
Los meses que pasé en Málaga, después de la muerte de mi padre, fueron para mí muy desagradables. Creía ver en todo el mundo apartamiento y desdén. Sólo mi novia seguía queriéndome y tratándome como hasta entonces.
Poco después, su padre se me acercó en la Alameda, y tras de largas consideraciones y de decirme que no me quería mal, me indicó que no visitara ni escribiera a su hija. Amablemente, me cerraba las puertas de su casa.
Yo volví a la mía completamente deprimido. Por entonces comencé a decaer, me sentía cansado y triste. Mi hermana, con más genio que yo, se burlaba de mí y me decía que tenía sangre de chufas.
—Si éste es así, dejadle—observaba mi madre.
No era sólo pena y tristeza lo que yo tenía, porque pocos días después tuve que acostarme y pasé durante cuatro semanas la fiebre tifoidea.
Cuando empecé a levantarme, mi madre, viendo que seguía lánguido y triste y que no reaccionaba rápidamente en la convalencia, me dijo: