El caso fué que a mí me dió una educación de hijo de rico en un colegio de alto porte; que pasé temporadas en Madrid, y estuve en Inglaterra y en Francia. Naturalmente, yo me creí un hombre de fortuna que podía dispensarse costosas fantasías. En Londres me hice vestir por los mejores sastres, y en París tuve la humorada de tomar, como profesor de violín, a un alemán que me llevaba por cada lección un ojo de la cara.
Cuando volví a Málaga le dije, cándidamente, a mi padre que no sentía la menor afición por el comercio: me gustaba más la poesía, y puesto que él contaba con medios de fortuna suficientes para vivir, y yo también, si no le parecía mal, me dedicaría de lleno a la literatura. También le dije que probablemente no viviría en Málaga, porque aquel sol y aquella sequedad del paisaje me ponían malo.
Mi padre no dijo nada en contra de estos proyectos, y los aceptó con cierta tranquilidad irónica. Yo me dediqué a leer. Mis entusiasmos entonces eran Ossian y Walter Scott; conocía también algo de lord Byron. Por aquel tiempo comencé un poema épico: La Batalla de Lepanto, y esto me hizo separarme un poco de los Fingal, de los Morven y de las Malvinas, de los Rockeby y de las Damas del Lago, para meterme de cabeza en la mitología grecorromana.
Compré la Odisea en una traducción francesa. La Eneida, en la versión de don Diego López, que, aunque decían que no era fiel, me servía para comprender el original, y La Jerusalén libertada, del Tasso. Sobre estos modelos me puse a imitar. Al mismo tiempo me enamoré de una muchacha de la buena sociedad malagueña. María Teresa era una chica muy buena y muy simpática; yo tenía por ella un entusiasmo loco. Nos conocíamos de niños, y nuestro afecto había ido naciendo lentamente. Yo me creía ya muy seguro en la vida, y, aun así, tenía por temperamento una gran timidez para todo.
Mi vida, por entonces, era muy agradable, y a pesar de que, para la mayoría de la gente, Málaga, en aquella época, pasaba por un pueblo aburrido y de poca sociedad, yo me encontraba admirablemente.
Mi tiempo transcurría en mi casa y en casa de mi novia. Los domingos paseaba con ella por la Alameda, y a todas horas le rondaba la calle. A veces me sentía muy melancólico, y esto lo atribuía a las pequeñas disensiones que tenía con mi padre y con mi novia.
II.
ARRUINADOS
En esto, mi padre, que estaba fuerte como una roca, así al menos lo decía él, cayó enfermo y en pocos días murió. Empezamos mi hermano y yo a intervenir en los asuntos de nuestra casa comercial, y resultó, según nos dijo nuestro socio, que mi padre, quitando algunas acciones de minas, que por entonces no producían nada, no tenía un cuarto.