—No sé; quizá un dictador; pero, en fin, no hay que soñar.

—Nada de sueños. ¿Eh? Hechos y más hechos.

—Eso es, hechos y sólo hechos.

EL PLAN SANGUINARIO

Mientras yo intentaba tomar pie en Barcelona se fraguaban, como te he dicho, al mismo tiempo varios complots.

Se ha asegurado por algunos escritores reaccionarios y católicos que yo llevaba orden del Gran Oriente Masónico de matar a los prisioneros carlistas de la Ciudadela de Barcelona. ¿Para qué? ¿Qué podía ganar yo o los isabelinos con estas muertes? Afirmar esto es mentir a sabiendas; pero a estas gentes, para las cuales mentir es un pecado venial cuando se miente haciendo reservas mentales, el faltar a la verdad no les cuesta ningún trabajo.

En esta época era yo una persona muy poco grata a la masonería. Todos los conspicuos de ella me miraban como un rebelde.

La matanza de prisioneros carlistas en Barcelona era algo que se veía venir desde hacía tiempo. Ya, meses antes, los generales Llauder y Bassa habían querido reconcentrar tropas en Barcelona para impedir las venganzas de los exaltados.

Mina, partidario de una guerra sin cuartel, siguiendo la política suya, dejó desguarnecida la ciudad, entregándola a los furiosos.

Al mismo tiempo Xaudaró y su gente vieron en el abandono de Barcelona una posibilidad de apoderarse del Poder, y Xaudaró se entendió con el general segundo cabo don Antonio María Alvarez y con don José Feliú de la Peña, teniente coronel y secretario de la Capitanía General.