ALVAREZ Y FELIÚ DE LA PEÑA
Don Antonio María Alvarez era un criollo inquieto, atravesado, desprovisto de sentido moral. Tenía ese espíritu rencoroso tan frecuente en los americanos. Violento y nada valiente, odiaba a los españoles reaccionarios porque le parecían, y era natural que le pareciesen, los más españoles entre los españoles. Para Alvarez todos los españoles eran unos pendejos. Solía acudir Alvarez al café de la Noria, y allí bebía y se exaltaba hablando contra la reacción y contra los carlistas. Alvarez se dejaba guiar por los elementos populares que querían la venganza a toda costa y hacer una San Bartolomé con los carlistas. Le secundaba en sus violencias el brigadier Ayerve, aragonés de Huesca, progresista, ordinario e inculto, que hablaba muy en bárbaro.
Consejero de Xaudaró fué el teniente coronel don José Feliú de la Peña, que era secretario de la Capitanía General. Feliú de la Peña tenía el carácter de esos hombres turbios que aparecen en períodos mixtos de absolutismo y de anarquía. Había sido fiscal en los tiempos de la comisión militar ejecutiva; luego fué designado por Llauder para la secretaría de policía de Cataluña, y después había entrado en la Capitanía General. Feliú, el Tuerto, como le llamaban, era intrigante, atrevido y lleno de audacia; hacía negocios con los suministros militares, como antes los había hecho explotando las casas de juego.
CONSEJOS DE MINA
Xaudaró llevó a su amigo Feliú al Club Unitario, del cual eran directores algunos plutócratas barceloneses. A su vez, Feliú de la Peña llevó a Xaudaró a la Capitanía General a visitar a Mina. El general y el ex confidente hablaron largo rato. Mina desconfiaba de algunos elementos liberales de Barcelona, sobre todo de los isabelinos; creía, o aparentaba creer, que nuestra impaciencia en proclamar la Constitución iba a ser perjudicial para la causa. Sabía que llegaba yo en calidad de consejero político enviado por Mendizábal, y esto, al parecer, le había ofendido profundamente.
Mina recomendó a Xaudaró que su grupo del Club Unitario no se fundiera para nada con los isabelinos ni con los mendizabalistas; quería, sin duda, seguir la antigua máxima maquiavélica de dividir para reinar. Xaudaró y los que le seguían aspiraban a una dictadura de Barcelona sobre las provincias catalanas libre del Poder central. Mina pretendía lo mismo, pretendía ser un dictador en Barcelona y que nadie se moviese sin que él diera su vistobueno.
La recomendación de Mina influyó en los que formaban la junta constituída por Madoz, Llinás, Gironella y otros; y al querer entrar nosotros en negociaciones con ellos dijeron que no consideraban prudente en aquellos momentos la proclamación de la Constitución de 1812.
Mina dejó bien advertido de sus ideas a Feliú de la Peña, a Xaudaró, a don Pedro Gil, capitalista muy amigo del general, y a don Pascual Madoz. Madoz, que ya se había comprometido con nosotros, se echó atrás y tomó una actitud completamente ambigua.