Quise sonsacar algo a aquel hombre, pero no conseguí nada; me repitió que me comunicaba la noticia para que tomara mis medidas, y se marchó.
Vacilé un momento, e inmediatamente me decidí, me puse las botas, tomé la capa y el sombrero y metí una pistola en el bolsillo. Bajé corriendo las escaleras, salí a la calle, pero el hombre había desaparecido.
Hice mil cábalas pensando quién podía comunicarme aquella noticia; pensé si sería mi confidente carlista o alguno del Club Unitario, pero no pude deducir nada.
EL DÍA 4 DE ENERO
Al día siguiente, el pronóstico de mi desconocido se había realizado. Por la tarde, al anochecer, la gente asaltaba la Ciudadela y comenzaba la matanza.
A esta hora me presenté en la Capitanía General a ofrecer mis servicios a la esposa de Mina y al general Alvarez.
—¿Qué le parece a usted el trance en que nos vemos?—me preguntó doña Juanita.
—Yo creo que esto tiene un origen muy turbio. No son los liberales los que lo dirigen.
—Cree usted que no.
—No.