—Pues, ¿quién, entonces?

—No lo sé. Yo no conozco a fondo Barcelona para saberlo. La autoridad tiene también culpa en ello.

—¡La autoridad!

—Sí. Es indudable que el general Pastors ha pedido repetidas veces que trasladasen a O'Donnell y a los prisioneros carlistas más significados a otra parte, y el general Alvarez no ha querido consentir.

—¿Se iba a trasladarles sólo a ellos porque eran personas de calidad? ¡Qué hubiera dicho la gente!

Yo no repliqué. Se oían desde los balcones del Palacio los tiros que sonaban en la Ciudadela.

Doña Juanita iba y venía intranquila y nerviosa. Me contó lo que había ocurrido y estaba ocurriendo en la junta que se celebraba en Palacio, con asistencia de los comandantes de la Guardia nacional. Estos, tomando la palabra, dijeron con claridad que ellos estaban identificados con los sentimientos del pueblo, y que creían justas las represalias contra los prisioneros de la Ciudadela por las matanzas hechas por los carlistas en Balaguer y en el Santuario del Hort.

La señora de Mina rogó varias veces al general Alvarez que se consignase la opinión expresada por los comandantes de los batallones en el acta de la reunión. A las nueve de la noche, después de la matanza, se presentaron varios pelotones de nacionales en la puerta de la Ciudadela; llamaron, mandó abrir Pastors y entraron, batiendo marcha, hasta la Plaza de armas. A uno de los oficiales le preguntó Pastors violentamente.

—¿Qué significa esto, a qué viene esta fuerza?