—Esta fuerza viene a enterarse de si han sido o no ejecutados los malvados prisioneros carlistas que se hallaban aquí.

Una hora después, el segundo batallón de nacionales, con su coronel a la cabeza, llegó también a la Ciudadela; y convencidos todos de que las ejecuciones se habían verificado, quedó la mitad en el puente de piedra y el resto entró en la plaza, cooperando con algunos lanceros y con la tropa a desalojar los fosos y las murallas, lo que se consiguió muy entrada la noche, cerca de las once.

Terminado ya todo en la Ciudadela, corrió Pastors a Palacio, completamente desolado, a participar a Alvarez lo ocurrido, y lo halló muy sonriente rodeado de las autoridades y jefes de los batallones de línea y de la Guardia nacional.

Discutían todos el modo de contener los excesos, no terminados aún, puesto que según se dijo las matanzas seguían en las Atarazanas, en la torre de Canaletas y en el Hospital.

Por lo que supimos después, el jefe de las Atarazanas, el brigadier Ayerve, puesto al servicio de los sublevados, fué llamando a los presos por sus nombres y entregándolos a las turbas para que los matasen.

Alvarez no disimulaba la indiferencia y en parte la satisfacción que le habían producido las matanzas.

Próximamente a media noche, Pastors y Alvarez tuvieron una entrevista con las autoridades militares y civiles de Barcelona, y preguntaron a todos con energía si se hallaban o no resueltos a impedir la continuación de estos sangrientos desórdenes. Dijeron todos que sí, y los comandantes de la Guardia nacional aseguraron que se contendrían los excesos, e insistieron en que si se había dejado que fuesen fusilados los prisioneros facciosos era por ser esta la voluntad general.

LOS ISABELINOS

Después de las doce de la noche marché yo de la Capitanía general a mi casa, y tuvimos allí los isabelinos una reunión. Se discutió lo que había que hacer el día siguiente.