Había algunos que decían que debíamos habernos apoderado de la Ciudadela, cosa fácil durante el tumulto; otros creían que de aquel motín sangriento no debía salir la proclamación de la Constitución. Yo era partidario de esperar, de dejar un espacio de una semana o dos para que la proclamación de la Constitución no pareciese una segunda parte de la matanza. Hubo largas discusiones y, por último, quedamos de acuerdo en que al día siguiente se pronunciasen los batallones de la Milicia.
El capitán del batallón de La Blusa don Pedro Mata nos dijo que había unanimidad entre los milicianos, y que todos querían que se proclamase la Constitución cuanto antes.
Rendido de cansancio, me acosté y dormí hasta muy entrada la mañana; al día siguiente supe que grupos numerosos, sostenidos por fuerzas de la Milicia, aclamaron la Constitución de 1812 y pusieron un gran letrero, custodiados por dos centinelas, en el pórtico de la Lonja.
EL DÍA 5
Para despistar, me presenté después de comer en Palacio, ante el general Alvarez, y le encontré rodeado de su Estado Mayor, lleno de zozobra y de temores. Alvarez, llevándome a uno de los balcones del salón y creyéndome sin duda jefe del movimiento, me dijo:
—Aviraneta, tengo la mayor confianza en usted porque me constan sus antecedentes; dígame francamente, ¿hay alguna prevención en el pueblo contra mí? ¿Se quiere atentar contra mi vida? Porque en ese caso voy a renunciar inmediatamente al mando.
—No hay ninguna prevención contra usted—le respondí—; en mi concepto, los tiros se dirigen contra el general Mina.
—¡Contra Mina! ¿Y por qué?
—La cosa es clara. Los liberales de aquí y los isabelinos quieren la Constitución, y Mina no la quiere. Es decir, la quiere, pero cuando a él le parezca.
—¿Y usted no cree que haya algo contra mí?