—Nada. Contra usted no va nadie.

—¿Usted qué haría?

—Yo, en el caso de usted y siendo don Antonio María Alvarez, le avisaría a Mina y le diría: Se ha proclamado la Constitución. Venga usted cuanto antes. Ahora, si yo fuera el gobernador de la ciudad y Aviraneta, proclamaría la República y me nombraría presidente.

Al mismo tiempo Feliú de la Peña aconsejaba a Alvarez medidas violentas.

—Nada, saque usted la tropa; es preciso atacar y ametrallar a esos infames.

Alvarez volvió a consultarme a mí completamente azorado, y yo intenté convencerle de que no debía seguir los sanguinarios consejos de Feliú de la Peña; Alvarez se lamentaba conmigo, en presencia del mismo Feliú, diciendo que le habían abandonado las autoridades de una manera indigna. Varias veces me dijo:

—¿Qué me aconseja usted, Aviraneta? ¿Qué cree usted, que podría sosegar al pueblo?

—Yo, como usted, reuniría los colegios gremiales, ya que no tiene usted Ayuntamiento ni ninguna autoridad civil que le auxilie.

El intendente Escobedo y el oficial Esain, que estaban allá, dijeron al general que creían que el consejo que yo le daba era lo mejor que se podía hacer en aquel momento.