Yo continué en Palacio acompañando al general Alvarez, a la señora de Mina y a don Pedro Gil. A medida que pasaba la tarde, el azoramiento del general Alvarez se iba disipando, y al comenzar la noche ya galleaba, se manifestaba jacarandoso y hacía chistes. Al retirarme, a las once y media, a casa, supe que el movimiento liberal intentado por mis amigos había fracasado por completo. El brigadier Ayerve mandó quitar el letrero puesto en la Lonja, en que se vitoreaba a la Constitución, y dispersó a los nacionales.

Me dijeron también que el capitán don Pedro Mata había arengado elocuentemente al batallón de La Blusa para volverle a la disciplina. ¡Mata, que el día anterior recomendaba la urgencia del movimiento! Entonces yo pensé si la cabeza de estos hombres del Mediterráneo sería como esos caracoles grandes, que suenan mucho y no dicen nada.

Por lo que me contaron, el vecindario de Barcelona había acogido la proclamación de la Constitución con gran entusiasmo; se habían adornado los balcones y las tiendas, y no había habido ningún tumulto ni ningún desorden. Sólo empezó la consternación y el pánico cuando los lanceros comenzaron a recorrer el pueblo, atropellando a todo el mundo. Los isabelinos, despechados, silbaron y gritaron: ¡Muera Madoz! ¡Muera Llinás!, delante de sus respectivas casas.

Mina dijo después, reconociendo que el movimiento constitucional no tenía relación alguna con la matanza del día anterior, que los que provocamos este movimiento no tuvimos valor para salir a la calle y ponernos al frente de él.

Yo, al menos, no me presenté por muchas razones: primera, porque el ponerse al frente parecía indicar el hacerse solidario y hasta el director de las matanzas del día 4; después, porque a mí no me conocía nadie en Barcelona.

Mina y los jefes militares reconocieron que no había relación alguna entre los dos movimientos. Los inspiradores de la matanza, los del Club Unitario, Xaudaró, Alvarez, Feliú de la Peña, se quedaron tranquilamente en Barcelona; en cambio, los que teníamos alguna relación con el movimiento constitucional fuimos proscritos. Los asesinos quedaron impunes; los liberales, castigados. Pareció un crimen mayor querer restaurar la Constitución que el degollar más de cien hombres. Sin embargo, y esta es la ironía de las cosas, unos meses después el sargento García y otros que proclamaban la Constitución en la Granja eran premiados.

PRESO

A las doce y media me metí en la cama; y acababa de dormirme cuando entró la policía con fuerza armada en mi alcoba; me mandó vestir, nos dirigimos al puerto y fuí conducido con otras personas al navío inglés Rodney.

Yo estaba sorprendido, de buena fe. ¿Qué diablo habrá pasado?, me preguntaba. Y analizaba todo lo que había hecho desde mi salida de Madrid y no encontraba el motivo.