Le escribí después al general Alvarez, que no me contestó, y al día siguiente, al saber que había llegado Mina, le mandé esta carta:

«Navío Rodney, 7 de enero de 1836.

»Mi estimado amigo: A Aviraneta le tiene usted preso, y no le hago más comentarios... Usted sabe que soy caballero, incapaz de mentir; si hubiese conspirado, no lo negaría; me gloriaría de decirlo, como lo hice en la causa del 24 de julio; yo no soy hombre pérfido ni de dos caras. Aviraneta no se asocia con asesinos, y menos para matar hombres inermes. Las autoridades, que a sangre fría toleraron tanta atrocidad, son más criminales que los mismos asesinos.

»¡Una Ciudadela de primer orden y bien guardada, tomada impunemente y sin resistencia por un populacho cobarde! Y a los que acaudillaron esas vísperas sicilianas y entregaron las llaves de la fortaleza a la plebe furibunda se les deja impunes. Con mi proscripción se cubre el expediente. En país extranjero escribiré los anales de tanta infamia. Usted sabe quién soy y de lo que soy capaz: el mejor amigo y el peor de los enemigos; no le digo a usted más.

»La infamia que se ha cometido conmigo ha privado a usted de recursos poderosos que estaban en mis manos para desentrañar las maquinaciones de la facción y la intriga extranjera.

»No quiero nada de esta patria ingrata: pido a usted dos cosas con urgencia. O que se me forme causa inmediatamente, o que se me dé pasaporte para Inglaterra, en donde escribiré y moriré con gloria. No quiero gracia ni libertad de usted ni de nadie. Suplico la brevedad, porque estoy con poco dinero.

»Póngame a los pies de doña Juanita, y con expresiones al señor Esain, y no al tuerto, que es más falso que mula de alquiler. Soy siempre su verdadero amigo,

»Eugenio de Aviraneta».

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